martes, 17 de febrero de 2026

El rostro de Dios

Hay días en los que todo cambia. Días en los que uno se quiebra. Y lo que parecía seguro se desvanece. El tiempo se detiene y el futuro se vuelve incierto. Cuando todo se apaga y el cerebro recuerda lo que duele, se despierta una fuerza inmensa, algo que no caduca: la voluntad de seguir adelante. Es una fuerza interna que, a veces, parece no estar justo cuando la vida te pone a prueba. Pero esa voluntad de salir adelante nos salva de las heridas invisibles que ni siquiera el tiempo sabe cómo tratarlas. La vida es frágil, el mundo no es justo, e incluso cuando quieres tener la voluntad de seguir adelante, el tiempo no es capaz de borrar lo invisible a los ojos de los demás, pero es invencible: aquello que deja huella y transforma.

Cuando alguien se rompe, no elige cómo sufrir. El dolor no es algo tangible que pueda comprenderse. Es imposible sentir con la razón. Se siente o no se siente. Y tampoco hay una forma correcta de sufrir ni de sobrevivir a lo que te duele. Es algo íntimo y personal que no hay que juzgar. A veces sólo hay que escuchar y acompañar. Y si es difícil sobrevivir a un dolor inimaginable, mucho más lo es cuando las cámaras de seguridad congelan el instante en que el rostro de ese dios con minúsculas, hijo del demonio, se manifiesta en una sentencia de muerte: “Muerte a Israel, a por ellos. Decid vuestras últimas oraciones, chicos (terroristas de Hamás), que Alá os bendiga”. Eran las 6:55 horas cuando tres jóvenes que huyen de las matanzas que ya se están produciendo en el Festival Nova de Reim, a dos kilómetros, llegaron al kibutz Be’eri para pedir refugio. En la entrada, son tiroteados hasta la muerte por los terroristas que, cruzando la valla de seguridad, habían llegado en moto. Apenas ha amanecido cuando el paraíso secular-socialista que inspira a los habitantes de esas comunidades agrícolas alrededor de la Franja de Gaza (cerca de 50) se convierte en un campo de batalla y de muerte. Be´eri perdería al diez por ciento de sus 1200 miembros: 100 muertos, 26 llevados a Gaza como rehenes, 5 de los cuales serían más tarde asesinados por sus captores; 18 fueron liberados con vida. En Nir Oz, aún calcinada, el silencio apenas lo rompe el piar de un pájaro despistado; el olor a muerte sigue perforando los pulmones de quienes lo visitan, y el único tono de color son los restos de juguetes infantiles dispersos y un árbol que, desafiando la iniquidad del entorno, ha decidido reverdecer. Reim es un cementerio en el que los árboles muestran claramente las huellas de los clavos que atravesaron las extremidades de las víctimas, a las que violaron y mutilaron en vida antes de asesinarlas. Sus lamentos se oyen en el silencio del entorno y en las lágrimas de los supervivientes, como Maya, que se atreven a relatar su calvario personal. Aun así, este lugar de dolor, empapelado con las fotos de los 364 jóvenes que fueron brutalmente asesinados en una orgía de maldad —asesinados a tiros, golpeados hasta la muerte o quemados vivos—, se ha transformado en un monumento nacional a la vida y a la resiliencia.   

Hay traumas que te quedan de por vida. Pesadillas, recuerdos, miedo al presente y preocupación por el futuro. El silencio no es una opción cuando el mundo ha decidido ignorarlo o, peor aún, celebrar su dolor. Testimonios que dejan al descubierto la maldad en estado puro, pero imprescindibles. Impacto de la verdad dicha en libertad, pero cargada de horror. Con lágrimas, silencio o voz quebrada, los supervivientes de la matanza del 7 de octubre pueden verse reflejados en el espejo de las heridas de otras personas, porque ellos miraron de frente a ese dios canalla que se crece en las matanzas frenéticas perpetradas por sus inmisericordes siervos.

Cómo sobrevivir a un dolor que ninguno de nosotros ha sufrido es una pregunta y a la vez un acertijo. Cómo gestionar el día a día de una libertad que comprime, un enigma. Porque cuando uno se rompe, no elige cómo sangrar. Y cada uno de ellos afronta su sanación como puede.

Violencia física, mental y sexual. Poca o ninguna higiene. Sin acceso a la sanidad ni a la supervisión internacional. Hambre, inanición, aislamiento. Encadenados como animales, enfrentando amenazas de muerte constantes. El sentimiento de piedad desaparece cuando comprendes lo que esos salvajes, que gritaban que había llegado la hora de la yihad, han hecho. “Eran nuestros vecinos. Creíamos de verdad que podíamos vivir en paz con ellos.” A todos les invade un sentimiento de decepción generalizada que aflora ante la constatación de que no hay nadie al otro lado de la valla cuyo único propósito no sea matar judíos y destruir al Estado de Israel. Los que sobrevivieron lo hicieron, no porque el mundo interviniera, sino porque se aferraron a la identidad y a la solidaridad. A la esperanza y al amor. Al amor de sus familias y de aquellos que se negaban a olvidarles, al amor de Dios —incluso los carentes de fe—, que los iluminaba en la oscuridad de los túneles. En sus ojos leemos la historia cuando las palabras no brotan. Evyatar David, Eitan Horn, Arbel Yahud, Guy Gilboa, Keith Siegel, Emili Damari, Eli Sharabi... todos narran experiencias extremas de supervivencia y enfrentan traumas profundos. Pero sintieron el deber de sobrevivir y, por eso, resistieron la tortura sexual, el hambre y la deshumanización, y se liberaron de quienes quisieron quebrarles —física y psicológicamente, por el mero hecho de ser judíos— con el firme propósito de cumplir el mandato de traer luz a la oscuridad más absoluta. El mandato de seguir siendo parte de un pueblo que hace de la locura creativa su sello de identidad y su venganza contra el mal. Y es por eso que el rostro de Dios, el verdadero Creador, no se muestra en aquellos que glorifican la muerte y la convierten en herramienta, mensaje y arma, sino en quienes entienden y enseñan el valor de la vida, incluso en medio de la guerra y la iniquidad. 

Del total de secuestrados —251—, 168 han regresado con vida y libran ahora su guerra particular de surfear su dolor para seguir viviendo sin rencor. 83 fueron asesinados y cuyos cuerpos, recuperados, ya reposan en la tierra donde está anclada el alma de su nación milenaria. El 26 de enero, con la recuperación de los restos de Ran Gvili, el pueblo de Israel cierra el capítulo más oscuro de su historia reciente y comienza un viaje hacia la esperanza de un Oriente Medio en el que finalmente el entendimiento entre los pueblos sea una posibilidad. Una esperanza que, como decía el Papa Francisco, nunca defrauda.  

martes, 7 de octubre de 2025

El día más oscuro

Hace dos años, el 7 de octubre de 2023, a las 6:29 horas, Israel despertó para sumergirse en una de las pesadillas más oscuras desde su corta vida como Estado. El día más oscuro, un sábado que se prometía tranquilo y sereno. Un shabat para dormir y relajarse; un shabat que era Shimjá Torá - la alegría de la Torá-, la fiesta de la intimidad de Dios. Un shabat especial para recordar el Pacto de Dios con Israel por medio de la Ley y que no hay alegría en un mundo que carece de sentido. Un shabat para recordar que todo comienza con la Palabra, la de Dios que ordena al Universo "hágase", y así se hizo: se abrió la Luz rascando la Oscuridad; y se hicieron las estrellas, y los astros y los mares y los ríos, y los valles y las montañas. Y las criaturas que lo poblaron. Un shabat a las puertas de un Yom Kipur que invita a perdonar, incluso a tus enemigos, y en el que se pide a Dios el bienestar de toda la humanidad. En un país fragmentado, quebrado, dividido por banderas que hacía tiempo que no representaban lo mismo para todos. Religiosos contra laicos, favorables a la reforma judicial y detractores, partidarios de Netanyahu y los que le odian a muerte. Con una polarización y un enfrentamiento político que le hacía débil ante sus enemigos.

Israel despertó a una realidad que nunca imaginó, porque nunca quiso imaginar que lo imposible - lo que sus enemigos siempre dijeron que le harían - fuera posible. Las sirenas, las alertas, los cohetes, los mensajes por WhatsApp. El desconcierto y la incredulidad eran un sentimiento nuevo en una población acostumbrada a vivir presión, pero no lo que les venía encima. "Hay terroristas. Papá, por todas partes". "¿Cómo? Escóndete Yuvali, mantente viva!". Mensaje corto que una de las asistentes al festival Nova, Yuval Raphael, le envía a su padre. Yuval se mantuvo viva. Y representó con un éxito abrumador a su país en el festival de Eurovisión 2025.

Un país dividido como nunca en su historia. Pero ese día, el 7 de octubre de 2023, las grietas se cerraron y lo que quedó fue el alma herida de un país sorprendido en su letargo de Seguridad y desbordado por el dolor y la tristeza.

En directo, por las cámaras de los terroristas, vimos comunidades enteras destruidas, cuerpos salvajemente mutilados, expresiones de júbilo en la parte palestina y en gran parte del mundo árabe ante la orgía de salvajismo desatada contra la población indefensa de Israel, que dormía en sus casas o disfrutaba de un concierto de música electrónica.

Vimos también cómo la población se movilizaba para defenderlo, cada uno según su circunstancia y posibilidades. Se sacaron los uniformes del armario, se organizaron grupos de rescate, se abrieron comedores y centros de logística. No era una opción: es una necesidad compartida servir al país aunque algunos, dos años después, sigan sin entender y mantengan exigencias egoístas o mesiánicas.

Dos años de resiliencia de una nación cuyos líderes no siempre han estado a la altura. Los familiares de los secuestrados siguen esperando y el silencio duele. Dos años después, los israelíes tienen las heridas abiertas; algunas son muy visibles; otras sangran por dentro. Pero todos tienen la certeza de que el país lo sostiene su gente. La misma que abrió sus casas a desconocidos, que transformó la tragedia en un acto de solidaridad. Porque si algo enseñó el 7 de octubre es que Israel puede quebrarse políticamente, pero nunca emocionalmente. Y que cuando la Historia les pone a prueba, la respuesta más fuerte no viene de la Knesset - Parlamento -, sino que sale del corazón de sus ciudadanos. Dos años después del 7 de octubre, los israelíes siguen recordando, siguen esperando y siguen unidos en los esencial: el derecho a vivir en paz. Y por eso se moviliza para defenderlo.

El 7 de octubre es una fecha que ya está marcada en el calendario de la iniquidad humana. Será una fecha de recuerdo de la ignominia y la brutalidad contra una sociedad, la israelí, hoy profundamente herida. Y será la fecha de la vergüenza para para todos los que se han posicionado a favor del lado oscuro y los que han mirado para otro lado.   

jueves, 27 de febrero de 2025

Quédate a mi lado


Hay días en los que es mejor no decir nada. Días en los que las palabras sobran y las imágenes lo dicen todo. Israel vive un tiempo de luto que ya dura demasiado. Son tiempos de lamento desde aquel 7 de octubre que todo lo cambió. Un día fatídico que nos recuerda el tipo de conflicto en el que está inmerso Israel, con todos los dilemas políticos, militares y morales que plantea, y que nos indica también por dónde van a ir las dinámicas regionales que no son nada favorables a Israel.

Tiempo de luto, tiempo de lamento. Imágenes congeladas en el tiempo de alegría y alivio para los que consiguen poner fin al infierno del cautiverio y se convierten en el símbolo de la resistencia frente a la brutalidad. Interrogantes por el destino de los que aun quedan en Gaza (54) en poder de esos desalmados, por las decisiones políticas y militares que se están tomando y por el precio que Israel está dispuesto a pagar para traer a todos a casa.

Toda guerra tiene una dimensión humana. Los rehenes son piezas de un intercambio político, pero también el símbolo del sufrimiento humano. La muerte de amigos, de familiares, de conocidos; la caída de 840 soldados que dieron su vida; los 5600 soldados heridos; el trauma de una sociedad herida. Cada liberación es en sí misma un trauma, y para los que salen comienza también un período de recuperación física y psicológica que los va a acompañar probablemente durante el resto de su vida. Nos quedamos con la imagen del regreso a casa, arropados, queridos, cuidados. Robamos por un instante el protagonismo a sus secuestradores y torturadores para dárselo a ellos, a sus víctimas. Aun así, no es suficiente. Porque todo lo que piensan, todo lo que hacen, todo lo que harán es malo y los israelíes lo saben. El tiempo pasa y el 7 de octubre se diluye en el tiempo para todos los que son incapaces de dimensionar que cuando la religión y el fanatismo convierte a los hombres en asesinos Dios llora.

Israel se tiñe de naranja. Yarden Bibas, un hombre roto que vuelve del infierno de los túneles de Gaza para enterrar a toda su familia, describe en pocas palabras que el valor de la vida se mide por la ética de la responsabilidad. Una nación entera sumida en el duelo. Israel ganará esta guerra, no por las batallas que estén dispuestos a librar y la voluntad de ganarlas, sino por lo que son. No por lo que hacen sino por quienes son. "Quédate a mi lado, no te vayas. Mírame desde donde estés y aléjame de las malas decisiones. Ayúdame a no caer en la oscuridad. Te quiero".

Descansa en Paz Shiri, Ariel y Kafir. Descansad en Paz todos los que os ha sido arrebatada la vida de la forma más cruel. Que la Tierra os sea leve.   

domingo, 9 de febrero de 2025

Soluciones extremas para tiempos extremos


Ohad Ben Ari, Or Levi y Eliyahu Sharabi son los nombres de los tres últimos rehenes liberados por Hamas en el marco de la primera fase de la tregua de 42 días pactada con la organización terrorista para liberar a 33 secuestrados (tanto vivos como muertos) a cambio de que Israel libere de sus cárceles a un número indecente de presos palestinos condenados por terrorismo y delitos graves. Intercambio descompensado de gente normal y pacífica, arrancada violentamente de sus casas, a cambio de  indeseables y personas altamente peligrosas cuyo objetivo vital es matar. 

El precio a pagar por devolver a su gente a casa es un debate público en Israel que genera controversia. La disputa sobre la percepción acerca de los objetivos de la guerra plantea dilemas desde el comienzo de las operaciones militares que ni el gobierno ni las Fuerzas de Defensa – las IDF – han logrado resolver. Derrocar a Hamas y devolver a los rehenes parecía un objetivo coherente que el paso del tiempo ha demostrado que es incompatible. El tiempo se agota, los rehenes mueren en cautiverio, no es posible extraerlos mediante operaciones militares, la destrucción de Hamas parece un objetivo lejano y el precio a pagar es tan elevado para la seguridad de Israel que las soluciones radicales, como la planteada por el presidente norteamericano Donald Trump de convertir Gaza en un protectorado norteamericano es aceptado por el 69% de la población. La expulsión de los palestinos de Gaza, teniendo en cuenta que los mensajes propagandísticos de Hamas no dejan lugar a dudas de que el objetivo de volver al “diluvio de Al-Aqsa” sigue vigente, no debería sorprender. En tiempos extremos, las respuestas a las soluciones definitivas también son extremas, sabiendo que el anhelo destructivo de los palestinos es incansable. Las amenazas de seguridad no desaparecen, así que, el pensamiento mágico se impone: hagamos desaparecer a los provocadores y que los acojan los chiflados en occidente, hiper radicalizados e hiper subvencionados.

La preferencia por el colapso de Hamas frente al regreso de los rehenes o la necesidad de alcanzar un acuerdo han politizado en exceso las manifestaciones de solidaridad con los familiares de los secuestrados. Pero el acuerdo no escrito entre el Estado y sus ciudadanos, según el cual ningún herido, prisionero o caído se deja atrás, es un deber moral que cobra más sentido, si cabe, ante el abandono de asistencia por parte de las organizaciones humanitarias internacionales y la indiferencia, ante la suerte de los rehenes aun en manos de Hamas y otras organizaciones terroristas que se disputan la Franja de Gaza, que muestra una comunidad internacional que ha perdido toda moralidad y sentido de decencia ética. Cómplices necesarios de la barbarie, los medios de comunicación, instalados en un relato confuso, replican las operaciones de propaganda de grupos terroristas, dañando una reputación ya de por sí cuestionada.  

Cuando se cumplen 80 años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, recordar las lágrimas de las víctimas de la Shoa empieza por denunciar a los que niegan la magnitud de las masacres del 7 de octubre y equiparan víctimas con verdugos. Unas atrocidades que no entran en la categoría actual de crimen contra la humanidad por su radicalidad, por lo que se ha tenido que acuñar un término nuevo: kinocidio. Los terroristas de Hamas perpetraron deliberadamente ataques sistemáticos contra familias israelíes, para maximizar al máximo el sufrimiento de las víctimas y romper uno de los vínculos más fuertes de la Vida. Celebraron las atrocidades en tiempo real porque su culto es la muerte. Su infancia, maltratada, son el próximo ejército que tomarán las armas y resistirán esa ocupación imaginaria. Lo dicen sus propias madres, orgullosas de que sus hijos mueran matando judíos en nombre de ese dios que sólo deja cicatrices en la humanidad. Ya no sirve el Nunca más, sino  el Nunca más es ahora, porque el antisemitismo no es cosa del pasado, sino una semilla muy arraigada y regada.

El circo de terror montado por Hamas para devolver con cuentagotas a los 33 rehenes comprometidos en esta primera etapa de la tregua refleja el paradigma al que se enfrenta Israel y el desafío para un Occidente ciego. Algunos rehenes regresan a casa sólo para enfrentarse a la devastadora realidad de que sus seres queridos se han ido. La reconstrucción de sus vidas, a partir de sus testimonios, permite dar forma a la crueldad sádica a la que han sido sometidos, sólo por placer, por unas mentes perturbadas que inexplicablemente despiertan una atracción difícilmente comprensible en las sociedades libres. Groseras muestras de odio contra Israel en todo el mundo mientras en el infierno de los túneles, cuerpos marcados por la tortura, la inanición, la insalubridad y el sufrimiento extremo se aferran a un hilo de esperanza que les permita sobrevivir en esta cartografía del terror que recuerda tanto a los tiempos oscuros que vivió Europa no hace mucho tiempo.

Vienen días muy difíciles para Israel. Las imágenes de Ohad, Or y Eliyahu atormentan porque demuestran que la humanidad ha vuelto a fallar. Que se necesita un cambio de estrategia radical para romper el ciclo vital de una sociedad acostumbrada a la violencia, el victimismo y la subvención. Y que en medio de una turba fanatizada, Israel, el país de los judíos, a pesar de su tristeza y soledad, es aún más fuerte.  


jueves, 16 de noviembre de 2023

7 de Octubre de 2023, punto de inflexión irreversible.

 

    El 7 de Octubre de 2023, a las 6:30 horas de la mañana, el reloj se paró en Israel, en el mundo judío de la diáspora y para quienes creemos en la libertad y en la dignidad del ser humano. Aunque cada pérdida de vida es dolorosa, y los ciudadanos de Israel están acostumbrados a episodios de violencia intermitente y a vivir situaciones de tensión con sus vecinos, la narrativa desarrollada por la propaganda palestina  durante décadas dio un salto cualitativo de proporciones mortales como no se conocían desde los tiempos de las matanzas nazis en Europa del Este durante la Segunda Guerra Mundial.

Llamada a la Yihad global contra Israel, el pueblo judío, los Estados Unidos y los simpatizantes de los sionistas. Mesianismo, venganza y honor. Mezclar la ideología religiosa de un iluminismo mesiánico con la paranoia de la protección del honor de los musulmanes y la sociopatía política de que Israel es un Estado ilegítimo y racista que merece desaparecer de la faz de la tierra, es un coctel  peligroso que, encima, engancha a los occidentales a la defensa de la causa palestina por medio de la interpretación idílica de una idea de resistencia vinculada a supuestas causas humanitarias y anticolonialistas. ¿Hay alguna razón psicológica que explique la adhesión al terrorismo? Porque no se comprende, desde una perspectiva de moral y ética sana, entendidas estas como la capacidad innata del ser humano de distinguir el bien del mal, que haya personas que descubren que, en nombre de una causa superior que antes era la de la justicia social y ahora una identidad que te da carta blanca para hacer barbaridades, puedan pasar a la historia.

Es verdad que hay ideologías que son más propensas a caer en las redes del Mal y deslizarse hacia la violencia. Nos tranquiliza pensar que hay individuos lunáticos, psicópatas o socialmente deprimidos capaces de cometer actos de salvajismo o brutalidad excepcional. Los hay. Pero la muerte social de la víctima es la antesala, no de una mente psicológicamente enferma, sino de un sadismo estructural que forma parte de la condición humana. Y en ciertas culturas, o pueblos, o movimientos ideológicos o religiosos, el odio y el victimismo es el motor de su existencia. El iluminismo yihadista es una de esas ideologías perversas que divide al mundo en puros y herejes. El nazismo, el comunismo o el antisemitismo son también las metástasis de un cáncer que deshumaniza al individuo. El progresismo wokista y su proyección abstracta de identidades frívolas, enarbolando banderas y asumiendo consignas que ponen los pelos como escarpias, son los tontos útiles y necesarios en la difusión de una información bajo control de una organización terrorista (Hamas).

Cómo un individuo normal se convierte en genocida – o promotor de genocidios - es el enigma que han tratado de resolver Hannah  Arendt (La condición humana, Paidós, 2016) o James Waller (Ordinary People Commit Becoming Evil: How Genocide, and Mass Murder, OUP USA, 2006) entre otros. La necesidad de entender el Mal nos permite distanciarnos, ponerle excusas a lo que no es sino la aceptación social de que la matanza indiscriminada de Hamas de más de 1400 ciudadanos israelíes y 240 secuestrados retenidos como escudos humanos, es un antisemitismo de libro disfrazado de antisionismo. Porque el proceso de deshumanización de las víctimas israelíes comenzó el mismo 7 de Octubre, cuando ni siquiera el gobierno de Israel había definido sus objetivos políticos ni militares, ni se había planteado aun ningún operativo en Gaza. Acusaciones de desproporcionalidad y de crímenes de guerra a un país sujeto a las estrictas normas del Derecho Internacional y las Convenciones de Ginebra por parte de los apologistas de una Gaza idílica que es en su totalidad un gran campamento terrorista armado bajo el control de Hamas y la pléyade de organizaciones terroristas y paramilitares que se disputan su liderazgo. Es la distancia psicológica necesaria para encubrir que, aunque los terroristas de Hamas, los civiles que les acompañaron y los periodistas que lo documentaron publicitaron una masacre que pone en dudas toda esperanza de paz con este tipo de enemigos, la víctima temporal (Israel) es el agresor perpetuo de una tierra que ocupa ilegalmente. Y como celebrar la barbarie queda feo, al menos en el occidente civilizado, organizaciones sesgadas como Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional (CPI) obvian que la existencia de Hamas y de organizaciones similares son, en sí mismas, un crimen contra la humanidad.

El pasado 7 de Octubre se produjo un punto de inflexión irreversible en la conciencia nacional israelí, y una quiebra moral en la humanidad. La historia nos recuerda que hay seres humanos capaces de hacer cosas abominables. El terror de las víctimas, y lo que Joseph de Maistre denomina el entusiasmo de la carnicería (La Ley de la Guerra), un sentimiento al que incluso los hombres más civilizados parecen no ser inmunes, nos coloca ante el espejo, que sin ambages, nos devuelve la mirada enferma de una sociedad postmoderna cuya voluntad herida se desvanece en una lógica utilitarista que no deja espacio para la compasión.    

lunes, 23 de octubre de 2023

La trampa de Hamas

 

A las 6:30 de la mañana del sábado 7 de octubre de 2023, la población israelí se despertaba con el sonido de las alarmas antiaéreas que alertaban del lanzamiento de cerca de 5000 cohetes y misiles disparados desde la Franja de Gaza. Israel está acostumbrada a vivir situaciones de tensión con sus vecinos y episodios de violencia intermitente. Su población es resistente y resiliente, lo viene demostrando desde que hace ya 75 años se creara su pequeño Estado en medio de un universo geopolítico – Oriente Medio - complejo. Los Territorios de Cisjordania y Gaza, ocupados o en disputa según las narrativas, son fuente de tensión creciente. La Franja de Gaza es una zona especialmente caliente, y el lanzamiento de misiles, globos incendiarios o actividades de protesta en la frontera que terminan en disturbios son asuntos que los gobiernos israelíes tratan de gestionar como problemas de Seguridad interna, contando, en los momentos más graves, con las autoridades egipcias para que medien entre los líderes de Hamas – la organización que gobierna la Franja desde 2007 - y otras organizaciones paramilitares y terroristas que disputan su influencia, para la desescalada de las hostilidades.

Como parte de la campaña de incitación de Hamas, y los intentos por despertar a los escuadrones durmientes en Cisjordania – gobernada por la Autoridad Nacional Palestina - para que realicen acciones de venganza, esta organización político-paramilitar considerada terrorista por diferentes países, entre ellos Estados Unidos y la Unión Europea, viene desarrollando una narrativa, a través de su sistema de propaganda, en la que mezcla, de manera eficaz para su público, los aspectos religiosos de un iluminismo mesiánico que sitúa a Palestina en la esfera de la conciencia, con el aspecto más político y terrenal de la lucha contra lo que considera la ocupación y la protección del honor de los musulmanes. Mesianismo, venganza y honor, en un cocktel mortal que engancha a los occidentales a la causa palestina por medio de la interpretación idílica de una idea de resistencia vinculada a causas supuestamente humanitarias y anticolonialistas.

Ya en 2021, el que fuera el portavoz del ala militar de Hamas, el Jefe del Estado Mayor, Muhammad Daf, decía en un mitin público que Hamas mantendrá su promesa e Israel pagará un alto precio por sus acciones. Khaled Mashal, el líder fundador, llamaba a la yihad global contra Israel, el pueblo judío, los Estados Unidos y los simpatizantes de los sionistas.  Cuando un grupo terrorista o una organización salafista amenaza hay que creerle, y el liderazgo israelí, ensimismado en su crisis política interna y en la gestión de las actividades antiterroristas en Cisjordania, quizá se confió demasiado en la sofisticación tecnológica de la valla de Seguridad de Gaza y en que el permiso de entrada a 20.000 palestinos de Gaza al día para trabajar en las comunidades cercanas les permitiría mejorar sus condiciones económicas y, por tanto, desactivar sus motivaciones para enfrentarse militarmente de nuevo a Israel.

Pero Hamas ha jurado aniquilar al Estado de Israel. Lo dice su Carta Fundacional y lo repiten sus líderes. Para el integrismo islámico Israel, un Estado judío, mancilla las tierras del islam. Para los movimientos occidentales llamados progresistas, Israel es el ilegítimo ocupante de una tierra arrebatada. Para las grandes potencias, Oriente Medio es un tablero, y el conflicto palestino-israelí las piezas intercambiables de un juego en el que las vidas no merecen valoraciones geopolíticas altruistas. De ahí los llamamientos a la contención frente a la respuesta que se prevé por Israel y la tibieza y de la condena del terrorismo de Hamas, pese a que la misma organización reveló el alcance de la barbarie en una serie de videos que fue publicando en varios canales y en las redes sociales. Responsabilidad compartida, también de los medios de comunicación, que presentan un ángulo mediático con fallas éticas que caen en la desinformación y en la invisibilidad de las principales víctimas, los civiles israelíes, objeto directo y deliberado de un ataque que cogió a Israel por sorpresa. Porque las palabras importan, precisamente porque establecen el marco mental y moral del discurso y la comunicación.

El mito que vende de forma explícita Hamas, pero en realidad comparte toda la constelación de liderazgos palestinos que se disputan el control de la causa, de que hay una nueva generación palestina que lucha por Jerusalén y por Al-Aqsa, es lo que el mundo descubrió con estupor y horror, al menos la parte menos contaminada ideológicamente, el sábado 7 de octubre cuando entendió que el lanzamiento de misiles no era sino una operación de distracción que ocultaba la incursión, en territorio israelí, por aire, tierra y mar, de las unidades paramilitares de las Brigadas Ezzedin Al-Qassam con un propósito aterrador. El brazo militar del Movimiento para la Resistencia Islámica, más conocido como Hamas, tras romper las barreras de Seguridad y matar a los soldados de las bases militares próximas, se infiltraban y dispersaban, en una operación perfectamente planificada y estructurada en tiempo y recursos, en el interior de Israel, sembrando un terror sin precedentes entre la población civil y militar de dos ciudades y 22 comunidades agrícolas – kibutzim- del sur del país. Miles de terroristas asesinaban, de la manera más salvaje como no se recordaba desde las matanzas de judíos en Europa del Este durante el holocausto, a más de 1400 israelíes en el corto espacio de unas horas, dejaban más de 3000 heridos y secuestraban a más de 200 mujeres, ancianos y niños para ser llevados como rehenes a Gaza. Los vídeos difundidos por Hamas, en un juego psicológico que recordaba al Estado Islámico o Daesh, no dejaban duda alguna del marco ideológico en el que se sitúa un conflicto que es religioso para los fundamentalistas islámicos, por más que nos empeñemos desde la racionalidad occidental en explicarlo desde la perspectiva estrictamente política. Rehenes para conseguir réditos políticos, como instrumento de guerra psicológica y para utilizarlos como escudos humanos, la narrativa deshumanizadora de Hamas enfrenta al Estado de Israel al dilema de ser fuertes y valientes en el plano militar para responder a la amenaza planteada a su Seguridad y erradicar las capacidades operativas de Hamas, pero también en lo moral y lo espiritual, conservando las limitaciones que le impone el Derecho Internacional y su propia tradición de respeto a la vida. Israel no está preparada para una guerra larga, menos ahora con una población traumatizada y con la necesidad de no perder la batalla del relato ante una organización terrorista que sabe manejar muy bien los tiempos del victimismo a su favor y una opinión pública internacional volátil en los afectos.

Caer en la trampa de Hamas con una incursión terrestre a gran escala en Gaza puede costar un número de víctimas insoportables: para Israel, que gestiona cómo reponerse de la pérdida y de la sensación de vulnerabilidad, y para los civiles palestinos, utilizados como escudos humanos por sus dirigentes, que no dudan en convertir centros civiles en objetivos militares. Dado que Hamas sitúa la infraestructura militar en el corazón de la población civil de la Franja de Gaza, incluidas casas residenciales, hospitales, escuelas, parques o mezquitas, evitar daños colaterales excesivos va a ser tarea imposible. Entre otras razones, porque el paradigma de Israel ha pasado del Nunca más al Nunca jamás.

Destruir la infraestructura y la capacidad ofensiva de Hamas es relativamente fácil si se está dispuesto a asumir un elevado coste político y mediático. Destruir la idea que subyace a una visión dicotómica del mundo y la realidad va a resultar más complicado si las democracias liberales, por encima de intereses partidistas, incluso ideológicos, no entienden que la deriva ideológica de un islam salafista y radical debe ser neutralizado ejerciendo presión sobre los países que tienen influencia sobre Hamas, como Irán, Turquía o Qatar. Porque el riesgo de una escalada regional tendría consecuencias globales imprevisibles

viernes, 21 de abril de 2023

75 Aniversario creación Estado de Israel

 

En la historia judía ha habido muchos momentos transformadores. Los obstáculos y el ostracismo al que los judíos se han enfrentado a lo largo de su existencia no les han impedido desarrollar su talento y sus habilidades en todas las esferas del pensamiento y las artes, la Ciencia o la Innovación, ya fuera en el campo de la medicina, la moda, el cine, el comercio o los aspectos más disruptivos de la tecnología, que han terminado por transformar la vida de miles de personas en el mundo, incluso a sus enemigos y detractores. Convertir desiertos en campos florecientes o pantanos en parques de alta tecnología aplicando estrategias de impacto es sólo la parte visual y más llamativa de una actitud frente a la Vida cuya fortaleza está fuertemente unida a los Principios Morales que se resumen en el Precepto de “quien salva una vida salva a la humanidad entera”, y que tiene al riesgo como opción ante la necesidad de salirse de la realidad de alternativas limitadas que la modernidad les proporcionaba.

Saltar las barreras invisibles que seguían vigentes a pesar de la emancipación, o la búsqueda de la aceptación y la necesidad de interacción social, necesariamente tenía que llevar a reformular su lugar como judíos en las sociedades modernas y a la búsqueda de una autonomía judía dentro de un Estado judío. El antisemitismo terminó por concretar la utopía del regreso a la tierra de sus ancestros, y el Estado de Israel, pese a los desafíos que enfrenta desde su fundación, es un país plural, solidario, con una riqueza humana envidiable, que cuenta con las mejores Universidades del mundo, ha dado más Premios Nobel que toda la humanidad junta siendo apenas el 1% de la población mundial, y con sus luces y sus sombras, como cualquier otro país en el mundo.  

Impresiona su fuerza de superación inquebrantable en un entorno hostil que hoy el pragmatismo de la geopolítica está cambiando. Impresiona su apuesta por la libertad individual y colectiva, por la cohabitación entre sus costumbres ancestrales y la modernidad de un Estado democrático y de Derecho, puntero en Ciencia y Tecnología. Personalmente siento una gratitud infinita por el país y la región en la que está cosida mi alma; por las personas que me recibieron y me siguen recibiendo con los brazos abiertos, que me regalaron su amistad y cambiaron mi percepción de la vida.

*Nota: Este artículo es una contribución original para el Anuario de la Asociación de Amigos de la Universidad de Tel Aviv con motivo de la entrega del Premio Maimómides 2023. El enlace a la revista  https://player.flipsnack.com/Anuario Amigos TAU 2022_23