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martes, 17 de febrero de 2026

El rostro de Dios

Hay días en los que todo cambia. Días en los que uno se quiebra. Y lo que parecía seguro se desvanece. El tiempo se detiene y el futuro se vuelve incierto. Cuando todo se apaga y el cerebro recuerda lo que duele, se despierta una fuerza inmensa, algo que no caduca: la voluntad de seguir adelante. Es una fuerza interna que, a veces, parece no estar justo cuando la vida te pone a prueba. Pero esa voluntad de salir adelante nos salva de las heridas invisibles que ni siquiera el tiempo sabe cómo tratarlas. La vida es frágil, el mundo no es justo, e incluso cuando quieres tener la voluntad de seguir adelante, el tiempo no es capaz de borrar lo invisible a los ojos de los demás, pero es invencible: aquello que deja huella y transforma.

Cuando alguien se rompe, no elige cómo sufrir. El dolor no es algo tangible que pueda comprenderse. Es imposible sentir con la razón. Se siente o no se siente. Y tampoco hay una forma correcta de sufrir ni de sobrevivir a lo que te duele. Es algo íntimo y personal que no hay que juzgar. A veces sólo hay que escuchar y acompañar. Y si es difícil sobrevivir a un dolor inimaginable, mucho más lo es cuando las cámaras de seguridad congelan el instante en que el rostro de ese dios con minúsculas, hijo del demonio, se manifiesta en una sentencia de muerte: “Muerte a Israel, a por ellos. Decid vuestras últimas oraciones, chicos (terroristas de Hamás), que Alá os bendiga”. Eran las 6:55 horas cuando tres jóvenes que huyen de las matanzas que ya se están produciendo en el Festival Nova de Reim, a dos kilómetros, llegaron al kibutz Be’eri para pedir refugio. En la entrada, son tiroteados hasta la muerte por los terroristas que, cruzando la valla de seguridad, habían llegado en moto. Apenas ha amanecido cuando el paraíso secular-socialista que inspira a los habitantes de esas comunidades agrícolas alrededor de la Franja de Gaza (cerca de 50) se convierte en un campo de batalla y de muerte. Be´eri perdería al diez por ciento de sus 1200 miembros: 100 muertos, 26 llevados a Gaza como rehenes, 5 de los cuales serían más tarde asesinados por sus captores; 18 fueron liberados con vida. En Nir Oz, aún calcinada, el silencio apenas lo rompe el piar de un pájaro despistado; el olor a muerte sigue perforando los pulmones de quienes lo visitan, y el único tono de color son los restos de juguetes infantiles dispersos y un árbol que, desafiando la iniquidad del entorno, ha decidido reverdecer. Reim es un cementerio en el que los árboles muestran claramente las huellas de los clavos que atravesaron las extremidades de las víctimas, a las que violaron y mutilaron en vida antes de asesinarlas. Sus lamentos se oyen en el silencio del entorno y en las lágrimas de los supervivientes, como Maya, que se atreven a relatar su calvario personal. Aun así, este lugar de dolor, empapelado con las fotos de los 364 jóvenes que fueron brutalmente asesinados en una orgía de maldad —asesinados a tiros, golpeados hasta la muerte o quemados vivos—, se ha transformado en un monumento nacional a la vida y a la resiliencia.   

Hay traumas que te quedan de por vida. Pesadillas, recuerdos, miedo al presente y preocupación por el futuro. El silencio no es una opción cuando el mundo ha decidido ignorarlo o, peor aún, celebrar su dolor. Testimonios que dejan al descubierto la maldad en estado puro, pero imprescindibles. Impacto de la verdad dicha en libertad, pero cargada de horror. Con lágrimas, silencio o voz quebrada, los supervivientes de la matanza del 7 de octubre pueden verse reflejados en el espejo de las heridas de otras personas, porque ellos miraron de frente a ese dios canalla que se crece en las matanzas frenéticas perpetradas por sus inmisericordes siervos.

Cómo sobrevivir a un dolor que ninguno de nosotros ha sufrido es una pregunta y a la vez un acertijo. Cómo gestionar el día a día de una libertad que comprime, un enigma. Porque cuando uno se rompe, no elige cómo sangrar. Y cada uno de ellos afronta su sanación como puede.

Violencia física, mental y sexual. Poca o ninguna higiene. Sin acceso a la sanidad ni a la supervisión internacional. Hambre, inanición, aislamiento. Encadenados como animales, enfrentando amenazas de muerte constantes. El sentimiento de piedad desaparece cuando comprendes lo que esos salvajes, que gritaban que había llegado la hora de la yihad, han hecho. “Eran nuestros vecinos. Creíamos de verdad que podíamos vivir en paz con ellos.” A todos les invade un sentimiento de decepción generalizada que aflora ante la constatación de que no hay nadie al otro lado de la valla cuyo único propósito no sea matar judíos y destruir al Estado de Israel. Los que sobrevivieron lo hicieron, no porque el mundo interviniera, sino porque se aferraron a la identidad y a la solidaridad. A la esperanza y al amor. Al amor de sus familias y de aquellos que se negaban a olvidarles, al amor de Dios —incluso los carentes de fe—, que los iluminaba en la oscuridad de los túneles. En sus ojos leemos la historia cuando las palabras no brotan. Evyatar David, Eitan Horn, Arbel Yahud, Guy Gilboa, Keith Siegel, Emili Damari, Eli Sharabi... todos narran experiencias extremas de supervivencia y enfrentan traumas profundos. Pero sintieron el deber de sobrevivir y, por eso, resistieron la tortura sexual, el hambre y la deshumanización, y se liberaron de quienes quisieron quebrarles —física y psicológicamente, por el mero hecho de ser judíos— con el firme propósito de cumplir el mandato de traer luz a la oscuridad más absoluta. El mandato de seguir siendo parte de un pueblo que hace de la locura creativa su sello de identidad y su venganza contra el mal. Y es por eso que el rostro de Dios, el verdadero Creador, no se muestra en aquellos que glorifican la muerte y la convierten en herramienta, mensaje y arma, sino en quienes entienden y enseñan el valor de la vida, incluso en medio de la guerra y la iniquidad. 

Del total de secuestrados —251—, 168 han regresado con vida y libran ahora su guerra particular de surfear su dolor para seguir viviendo sin rencor. 83 fueron asesinados y cuyos cuerpos, recuperados, ya reposan en la tierra donde está anclada el alma de su nación milenaria. El 26 de enero, con la recuperación de los restos de Ran Gvili, el pueblo de Israel cierra el capítulo más oscuro de su historia reciente y comienza un viaje hacia la esperanza de un Oriente Medio en el que finalmente el entendimiento entre los pueblos sea una posibilidad. Una esperanza que, como decía el Papa Francisco, nunca defrauda.  

martes, 7 de octubre de 2025

El día más oscuro

Hace dos años, el 7 de octubre de 2023, a las 6:29 horas, Israel despertó para sumergirse en una de las pesadillas más oscuras desde su corta vida como Estado. El día más oscuro, un sábado que se prometía tranquilo y sereno. Un shabat para dormir y relajarse; un shabat que era Shimjá Torá - la alegría de la Torá-, la fiesta de la intimidad de Dios. Un shabat especial para recordar el Pacto de Dios con Israel por medio de la Ley y que no hay alegría en un mundo que carece de sentido. Un shabat para recordar que todo comienza con la Palabra, la de Dios que ordena al Universo "hágase", y así se hizo: se abrió la Luz rascando la Oscuridad; y se hicieron las estrellas, y los astros y los mares y los ríos, y los valles y las montañas. Y las criaturas que lo poblaron. Un shabat a las puertas de un Yom Kipur que invita a perdonar, incluso a tus enemigos, y en el que se pide a Dios el bienestar de toda la humanidad. En un país fragmentado, quebrado, dividido por banderas que hacía tiempo que no representaban lo mismo para todos. Religiosos contra laicos, favorables a la reforma judicial y detractores, partidarios de Netanyahu y los que le odian a muerte. Con una polarización y un enfrentamiento político que le hacía débil ante sus enemigos.

Israel despertó a una realidad que nunca imaginó, porque nunca quiso imaginar que lo imposible - lo que sus enemigos siempre dijeron que le harían - fuera posible. Las sirenas, las alertas, los cohetes, los mensajes por WhatsApp. El desconcierto y la incredulidad eran un sentimiento nuevo en una población acostumbrada a vivir presión, pero no lo que les venía encima. "Hay terroristas. Papá, por todas partes". "¿Cómo? Escóndete Yuvali, mantente viva!". Mensaje corto que una de las asistentes al festival Nova, Yuval Raphael, le envía a su padre. Yuval se mantuvo viva. Y representó con un éxito abrumador a su país en el festival de Eurovisión 2025.

Un país dividido como nunca en su historia. Pero ese día, el 7 de octubre de 2023, las grietas se cerraron y lo que quedó fue el alma herida de un país sorprendido en su letargo de Seguridad y desbordado por el dolor y la tristeza.

En directo, por las cámaras de los terroristas, vimos comunidades enteras destruidas, cuerpos salvajemente mutilados, expresiones de júbilo en la parte palestina y en gran parte del mundo árabe ante la orgía de salvajismo desatada contra la población indefensa de Israel, que dormía en sus casas o disfrutaba de un concierto de música electrónica.

Vimos también cómo la población se movilizaba para defenderlo, cada uno según su circunstancia y posibilidades. Se sacaron los uniformes del armario, se organizaron grupos de rescate, se abrieron comedores y centros de logística. No era una opción: es una necesidad compartida servir al país aunque algunos, dos años después, sigan sin entender y mantengan exigencias egoístas o mesiánicas.

Dos años de resiliencia de una nación cuyos líderes no siempre han estado a la altura. Los familiares de los secuestrados siguen esperando y el silencio duele. Dos años después, los israelíes tienen las heridas abiertas; algunas son muy visibles; otras sangran por dentro. Pero todos tienen la certeza de que el país lo sostiene su gente. La misma que abrió sus casas a desconocidos, que transformó la tragedia en un acto de solidaridad. Porque si algo enseñó el 7 de octubre es que Israel puede quebrarse políticamente, pero nunca emocionalmente. Y que cuando la Historia les pone a prueba, la respuesta más fuerte no viene de la Knesset - Parlamento -, sino que sale del corazón de sus ciudadanos. Dos años después del 7 de octubre, los israelíes siguen recordando, siguen esperando y siguen unidos en los esencial: el derecho a vivir en paz. Y por eso se moviliza para defenderlo.

El 7 de octubre es una fecha que ya está marcada en el calendario de la iniquidad humana. Será una fecha de recuerdo de la ignominia y la brutalidad contra una sociedad, la israelí, hoy profundamente herida. Y será la fecha de la vergüenza para para todos los que se han posicionado a favor del lado oscuro y los que han mirado para otro lado.